Son las 11 hs de un domingo de primavera, calurosamente florecen recuerdos.
Ni con navidad me había pasado de sentir una fecha tan familiar, pero con algunos domingos sí, parecen hechos solamente para estar en familia, en la locura tan pintoresca que al menos representa a la mía. Los domingos de almuerzos infinitos que enseguida se transforman en un día entero juntos. Las risas, los palitos, porque alguno se tiene que pelear, alguien que se levanta a buscar algo que faltó, el que te pregunta si querés más, el cafecito, el té y un interminable de atenciones. La parte de tomar sol en el jardín, los juegos de cartas en equipos, la risa otra vez, cada vez que alguno pierde y la justicia acusando hiciste trampa. De la cocina al living, del living al patio, no importa dónde, es la cuestión de estar juntos. Que mi abuela en algún momento pregunte "qué nos llevamos?" y que mi papá aparezca con quesos, vinos y cualquier cosa que ya había comprado pensando en ellos. El riegue de plantas. Para mi abuela siempre le faltan agua o sol o no les gusta el lugar. Y hace y deshace a gusto. Es graciosa. Seguro se lleva algo nuevo que encontró por ahí y que le gustó, seguro trajo alguna planta, frambuesas para una tarta, o como en una navidad, una gallinita de sorpresa. Hay un momento, cuando todos están sentados, que busco a alguno y lo rodeo en brazos o estiro la mano y ya sé que me van a hacer mimos y un "qué frías estás" y mi abuelo "esta chica siempre tiene las manos frías". Y en ese dulce y loco transcurso de cualquier día, que puede ser un domingo, un jueves, un lunes, compartimos todo eso que pasa cuando estamos juntos. Y todo se vive como una especie de gran navidad que empieza a planearse desde antes: qué llevo? qué van a hacer ustedes? yo capaz que haga... Y termina con mis abuelos avisando que ya están en casa y que lo pasaron lindo.


