Cuando el cielo se torna naranja y empieza a oscurecer, los gritos de los chicos eufóricos se apoderan del final de la tarde mientras el juego continúa, y son las 18:15 y es sábado, cuando el libro que tengo en mis manos será automáticamente dejado de lado para responder a otros deseos, cuando en tanto alboroto hay una simpática tranquilidad y la vida vuelve a ser bonita otra vez, como una revancha personal a un tiempo pasado.
Se trata de instantes.
En una línea de tiempo infinita,
más que el propio de cada uno.
Y si no fuera así, si el hechizo ocurriera al revés, porque hay veces que sucede, entonces, la vida probablemente se presentaría amable más tarde; pero siempre, siempre en cualquier lugar, hasta en el más recóndito y menos próspero para dichos conciertos, hay risas adueñándose de silencios, miradas cómplices, cielos despejados, espíritus aventurados y venturosos, cafés con leche con dibujos, aves en estatuas, demostrando que quizás sí, quizás sea así...