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viernes, 17 de noviembre de 2023

Pasame el matafuegos

Pim, pam, pum, terapia los viernes es muy viernes. Me hace acordar a la última hora en el colegio, cuando ya el piberío no presta atención y el clima es de festejo, alegría y ganas de rajar. Por un tiempo después de terminar el colegio, extrañé ese momento. De vez en cuando, lo vuelvo a encontrar en otros escenarios. 

Mati está tan distraído como yo. Es viernes en todos los trabajos; se infiltra el airecito a fin de semana y todo se vuelve más light. Comentamos el recital de Calamaro, y le digo que Andrés es el ejemplo de separar la obra del artista, y me tira: hay una frase que dice que no conozcas a tus ídolos porque te vas a decepcionar. Le digo que depende el caso y en qué lugar lo hayas puesto. Íntimamente, me acuerdo de una charla con un amigo músico que me recomendó no conocer a los músicos de una banda que ya olvidé. 

Me dice: ¡Solucionaste lo de la nariz! Final feliz, le digo, y se larga a reír cuando le cuento del minuto a minuto en fotos con el médico por whatsapp, mientras yo arreglaba el asunto desde el baño de casa. Mi vida es un recuento de momentos delirantes. 

— Ahora estoy pensando en qué mandarle, es difícil regalarle algo a alguien cuando no lo conoces.
— ¡Un vino! A los médicos se les regala vino.
— La pensé, pero ¿y si no toma alcohol?
— Un buen cuchillo para el asado.
— Era vegetariano, ah re.
— ¡Un queso!
— Es buena un queso. Un vino y un queso.

Se entusiasmó pensando ideas y ahora sé qué le gustaría que le regalen a él. Por lo pronto, encargué un box de quesos y la semana que viene se lo llevo al médico que me salvó un viernes a las 22hs. Toda esta situación me divierte.

Fue una semana larga y pesada, le digo que la somaticé completamente y se me van más detalles de la cuenta quejándome de que todavía no menstrué y cómo se siente no menstruar cuando tenés que menstruar, al final concluyo: ES UNA PAJA. Mati no dice ni mú.

— Desde que empezamos, esta fue la semana que más derrapé.
— ¿Qué hiciste?
— Todo lo que me hace mal.

— Si realmente no lo quisieras ver, ya hubieses encontrado una excusa para no ir al recital.
— ES QUE IGUAL NOS VERÍAMOS LOS OTROS DÍAS.
— SI REALMENTE NO QUISIERAS PONDRÍAS UNA EXCUSA!!!!
— Es que no es tan fácil. 
— ¿No es tan fácil?
— No, además las excusas ya las pensé.

¿Realmente es una sesión si no discutimos? A veces parece la representación de mi superyó. 
Es gracioso que sepa de mi habilidad para inventar excusas porque me obliga a ser sincera cuando quiero cancelar una sesión con él. Esta semana el motivo fue: toca Calamaro. 

Al final, la verdadera secta es el psicoanálisis, o Mati que para reprogramar, me hace presentar los motivos. 
Hay un compromiso misterioso que me llama la atención, yo odio dar explicaciones, presentar motivos, y sin embargo...

— ¿Vos lo querés a tu papá?
— Sé que no lo amo, no sé si lo quiero.
— ¿Y él sentís que te quiere?
— No, llegué a la conclusión de que no me ama... Y en cierta manera saber eso me da tranquilidad...

Me doy cuenta cuando estoy tirando frases casi preestablecidas porque se parece a escribir pensando demasiado en el sentido de la oración. Mati también se da cuenta, pero me la deja pasar, tira preguntas en mis silencios e intenta rescatar algo vanamente, es muy viernes. Juega con una lapicera y hablamos de la angustia como si fuese la vecina de enfrente. Para romper la nube, le digo que tengo una pregunta:

— ¿Vos crees que la angustia tiene movimiento?
— Pregúntamelo de otra manera.
— Claro, si termina en algo, si tiene un fin.
— A ver, decime desde dónde te preguntas eso y te respondo.
— Antes sentía angustia y terminaba ahí, era como más vacía, más incompleta. Ahora siento que tiene movimiento, que aunque en el momento la vivo como algo terrible, termina y me lleva a otra cosa...
— ¿Qué es lo que te mueve?
— Pensamientos que a veces se convierten en acción.
— Ya te respondiste... Ya te respondiste.
— Sí, pero lo que quiero saber es si la angustia naturalmente tiene un fin.
— ¿Un fin de final o un fin de llevar hacia algo?

Mil vueltas después, suelta la explicación; la angustia que, conduciendo a un acto, concluye en el deseo. Lo enlaza con todo el tema familiar y hace un pantallazo general, termina de hablar y se queda en silencio esperando mi respuesta. 

— Ahora estás angustiada y un poco ansiosa por lo que va a pasar, pero no le agregues tanto peso, no podes adelantarte a saber, hay cosas que hay que vivirlas. Muchas de las preguntas que tenés ahora, vas a poder responderlas y a saber por qué las tenés. La angustia que sentís te va a llevar a otra cosa...
— O sea que después de ésto voy a sentir calma?
— Hay que ver cómo se dan las cosas.

Rematé con lo que venía pensando hace un par de semanas y después se convirtió en escritura.

— El viernes a la noche estaba muy angustiada y escribí algo, ¿te lo puedo leer?
— Sí, obvio.

— Es muy fuerte lo que escribiste.
— Siento que parte de esta preocupación no es verdadera...
— Que está ahí para evitar hablar de otras cosas.
— Sí, estoy dudando. Me encanta dudar, pero pensaba, ¿hasta qué punto está bien dudar de lo que digo? Pero si dudo, significa que algo de verdad hay en la duda.
— Vamos a seguir hablando de ésto la próxima semana, es muy... importante.

— La semana que viene no nos veríamos, sería la otra.
— Entonces sería dentro de 2 semanas, ¿qué tenés la semana que viene?
— Todo el encuentro familiar, la verdad no programé nada, estoy rendida.
— Está bien, conectate (?) con eso. Suerte con el encuentro.

No sé si fue haber desmenuzado juntos la situación y en eso perder algo de lo que venía pensando, o habernos reído, pero esta sesión me hizo muy bien.

sábado, 11 de noviembre de 2023

Tentar el abismo

La sesión de ayer me desarmó de principio a fin. Mati no me tiró ningún salvavidas y el vacío se quedó conmigo como un fantasma charlatán. Todavía no entiendo cómo funciona esto: la misma incomodidad me conduce a otra cosa y de los restos de esas sesiones siempre sale algo. La angustia como el principio de la trama.

Mati me pregunta dos veces cómo estoy; sabe cuando estoy mintiendo, incluso antes de que yo lo sepa. Sé que voy a derrapar cuando respondo: bieeen... Ehh... bieeen, ehh, bueno... También sé que la angustia ya estaba ahí desde antes, pero es evidente que en la escena terapéutica se siente libre de ser expresada, como si las máscaras se cayeran. Y aunque la angustia me robe palabras, me desarme hilos y me deje a ratos sin voz; hay un lenguaje que insiste en ser.

Le doy lugar al miedo, no sin antes intentar pisar fuera de él, pero supongo que se me pierde en el tono de voz o las mil pausas que hago, porque se da cuenta y me lo hace saber. Le cuento la situación del día: fui a la dermatóloga por un granuloma que había crecido más de la cuenta (ya podía pagar la mitad del alquiler) y me derivó con un cirujano que me propuso que me saque el piercing y espere 2 semanas para ver cómo reaccionaba el cuerpo. Caso contrario, pequeña cirugía.

—Para mí no se va a ir solo. Y me dijo que si me animaba, que lo raspe para ver qué pasa, pero tampoco soy tan suicida.
—No, Mai, anda a su consultorio y que te lo vea.
—Es que quiere que esperemos.
—Pero si a vos te intranquiliza o te da ansiedad, no esperes.
—Es que él está muy tranquilo.
—Él está tranquilo porque seguramente sabe que no es grave, pero que él esté tranquilo no significa que vos tengas que estarlo.

Le digo a Mati que escribí algo la otra vez, me pregunta si lo quiero leer, y antes de empezar le digo que estoy en desacuerdo con lo que escribí, y que cuando no sé qué hacer en una situación escribo instrucciones. Como Cortázar. Termino de leer, lo veo sonreír y me pregunta: ¿Te saltaste una parte? Es analista y vidente.

—Sí, pero ¿cómo te diste cuenta?
—¿La querés leer?

La leo. Hablamos, hablamos, hablamos. Hablamos de lo que me ahoga en este momento, que hace tiempo es lo mismo. Mati siempre se refiere a esto en términos de energía e insiste en que uso demasiada energía en algo que me hace mal, en vez de seguir de largo y restarle importancia. Él no entiende y yo tampoco, y así vamos y venimos, me parece gracioso este no saber compartido.

—No sé por qué tengo tanta resistencia de volver a verlo.
—Tenés DEMASIADA resistencia.
—Supongo que es porque no quiero que pase, y a fin de cuentas es inevitable, va a pasar y me intranquiliza.
—¿Y cuando termine? Porque es un instante, un instante que después pasa y ya está.

Le explico que esa idea del tiempo que sucede y deja de ser me produce demasiadas cosas. Racionalmente lo entiendo, pero hay una gran parte de mí que se desarma justo ahí. Pero hay tiempo para hablar del tiempo, vuelvo al tema inicial y me pregunta: 

— ¿Pensás en lo que va a sentir él cuando te vea?
— No, pienso en lo que voy a sentir yo.

Últimamente las emociones me hacen y deshacen sin piedad. La alegría, la pena, la angustia, la belleza, el miedo, todo me inunda como un mar que arrasa. Mi sensibilidad está en éxtasis, mi cabeza no tanto. De noche el silencio me mata y escucho canciones de navidad que también me matan. Dormir me cuesta más que nunca, siento la pérdida de algo que no se pierde porque no se tiene. Y todo se vive así, con una intensidad enorme. Los abrazos de la mañana, las palabras de amor, los encuentros felices, los cielos azules. Todo me atraviesa y me desparrama. Ya perdí lo bueno queriendo perder lo malo, ya descubrí que no hay manera de usar paraguas y no perder también la sensación de estar viva que da caminar bajo la lluvia.

Todavía no entiendo por qué este momento me significa tanto y me gustaría tener un piloto o un salvavidas en forma de palabras tibias. Y capaz sí sé: son muchos cambios, muchas cosas nuevas. Y abrir paso a ello y simplemente seguir, suena ideal, pero a mí me conquista la idea contraria: rendirme, parar, volver a cero. No necesito estar todo el tiempo en esa rueda de movimiento, necesito frenar al final de una esquina, suspirar al ver una flor colgando de un balcón, pedirle un deseo a una vaquita de san antonio y continuar paso sin sentir que hay un lugar al que llegar puntual.

Mati me pregunta si fui a ver a TB a La Plata, le digo que sí y me cuenta que él también fue. Hablamos de la peregrinación biónica y las mil vueltas para entrar al estadio, tiramos números, dice que es el segundo más grande después de River, hablamos de Taylor y la locura hermosa de sus fans.

Le cuento que el lunes a la noche sentía mucha angustia y después soñé con un hombre que, adentrándose en un conflicto, me decía: hay que hacerle frente al conflicto interno. Y el martes cuando me desperté, esa idea me tranquilizó. Y cuando me tranquilizo, llego tarde a todos lados. Me pregunta si llegué tarde al trabajo, le digo que sí, pero que a diferencia de otras veces no me importó. Cambiamos de tema, le cuento que resolví vivir una situación corriéndome de escena, dejando de ser protagonista. Me pregunta qué decía el personaje de mi sueño, y cuando respondo, me sorprendo una vez más de ver los hilos conectándose.

Le cuento que esta semana empecé a buscar trabajo. Sonríe y me dice: hace mucho que querías, capaz por eso estuviste llegando tarde. Le digo que siento que va a ser una búsqueda lenta, porque soy muy selectiva, no tengo cultura de aguante y me quiero ir siempre. ¿Siempre o cuando las cosas se ponen bravas?  Y me cambia el escenario tirándome: capaz en la segunda entrevista encontrás algo que te gusta. Me dice: 40 son muchas. Cuando le cuento del año que me entusiasmé yendo a entrevistas a la par que conocía Buenos Aires. Era divertido, rechazaba todo en cuanto algo no me cerraba. Más de una vez di vueltas alrededor para al final irme sin haber entrado. 

Cuando me quejo de que me cuesta mantener cosas, me pregunta qué logré mantener hasta ahora. 5 años en Buenos Aires, 2 años en un trabajo. Ah, entonces hay cosas que podés mantener. La sesión mantiene un ritmo lento como mi capacidad para armar frases, hago una selección indiscriminada de palabras y me la deja pasar.

Friday night. Un rato después de terapia, me llega un mensaje del cirujano: "Fíjate si te raspas un poco con una gasa si se sale". Y desde el baño de casa, procedo con la intervención, con mensajes y fotos de por medio: ¡SANGRA! No pasa nada, me tranquiliza. Le mando una foto del resultado y festeja: ¡ya estamos 60 por ciento mejor! 

No sé cómo ni por qué, pero vivo encontrándome personas que me ayudan un montón. Ni siquiera me conoce y me dio todas las instrucciones, me salvó de la clínica y me tranquilizó. ¿Cómo pasamos de hablar de honorarios para la cirugía a instrucciones por whatsapp, todo en un mismo día? Ni idea, mi vida es bastante así, las cosas se resuelven a mi alrededor y soy como un gato que cae parado. Siempre hay algo o alguien rescatándome.

miércoles, 1 de noviembre de 2023

DISPARA

Qué paciencia me tiene este ser humano que me escucha mientras intento traducir cómo me siento. Mientras digo o sea más veces que Milei, me caigo de mis propias oraciones, recito una letra de Cerati después de descubrir que describe exactamente lo que quiero decir. Le pregunto si alguna vez estuvo en un lago mientras llovía y sintió el agua tibia (para responder cómo fue mi semana). Me voy de tema 82 veces, me pierdo en un detalle que no iba al caso, me repito y reduzco la velocidad antes de tocar temas sensibles porque no quiero llorar.

En terapia interpreto más papeles que en teatro y todavía no entiendo cómo funciona, cómo hace para que termine hablando de la mitad de las cosas que no quiero hablar. Debe ser porque me molesta más que me esté mirando en silencio con una firmeza que ni Freud tenía. Al menos ya no me hace sonidos para que hable. Qué terapia extraña pensaba yo al principio, pero volví una y otra vez, aún sabiendo que todo consistiría en eso: palabras, palabras que mueven hilos. 

Todo el palabrerío que no llevé el viernes lo llevé hoy. Primero, admití que la semana pasada había estado escapista, después, tiré las cartas sobre la mesa para que las ordenemos juntos. Había mucho por decir. Estuve varios días esquivándome, escondiéndome en distracciones y en cosas de poco interés real. Hasta que las emociones me encontraron y me desarmé. Fue el lunes mientras escuchaba música, el telón empezó a caer mucho antes, la noche anterior en el recital de la banda de mi vida y durante una llamada especial, pero todavía no lo había sentido. Hasta que de un minuto al otro, cayó del todo y caí con él. El cuerpo cedió, las lágrimas fluyeron, y en ese acto que fue como abrir una canilla, llegó con la madrugada el alivio que hace tiempo buscaba la cabeza. ¿Por qué había hecho tanto esfuerzo en irme?

Le conté a Mati sobre la economía de las lágrimas: cuando lloro y trato de reunir distintos motivos para aprovechar el momento. Le pareció gracioso. 

Uno de los temas que evito tocar es el sur, siempre está pero nunca entro en profundidad. Mati suele decir: Tenemos que hablar del sur. Hoy, que todos los pronósticos emocionales amenazaban, lo tocamos. El nudo estaba ahí, en lo familiar, en mi rechazo activo de no querer saber nada.

— Hay algo de lo que no querés saber nada, pero no es nada de nada, es una nada en particular. ¿Entendés?

Me preguntó de qué había hablado con mi abuelo, le conté. "Te extrañan, quieren verte...". Y pasamos a intentar develar el laberinto de por qué no quiero ir al sur (todavía).

— Noto el reflejo del paso del tiempo en mis abuelos.
— Y SÍ. Pero es algo que tenés que aceptar.
— Lo acepto, esa parte está más o menos manejada. 

Le dije que no quería ir por las cosas que habían pasado entre mis abuelos los últimos meses y fue cómico porque se puso a pasar las hojas tratando de encontrar qué había pasado. Mientras yo evaluaba que quizás esa era la superficie y el motivo era otro. Papá.

— No quiero verlo.
— Ya sé que no querés verlo.

Mirándome serio me preguntó:
— ¿Lo sabés? ¿Sabés qué es lo que sentís?

— (...) Está bien si no querés verlo, pero no es sólo que no querés verlo; estás organizando toda tu vida en torno a este tema. No es sólo un rechazo, algo que aceptas y ya está, tenés un rechazo activo y te está consumiendo energía y paz.
Nadie te exige tanto... Nadie te exige tanto...

— ¿Realmente estoy organizando toda mi vida, o sólo estoy organizando unas vacaciones?
— ¿Qué pensás vos?

— ¿Y tu mamá? ¿Se da cuenta de lo que pasa entre ustedes?
— Sí. Y le molesta, lógico, porque siempre está de intermediaria. Me dice 'ustedes no hablan'.
— Y es verdad, no hablan.
— Sí, eso no se lo discuto.

— No quiero que él sienta o piense que cambió algo desde el último verano que nos vimos.
— Ahí ya estás hablando de otro cuidado (...) Vos vivís pensando si estás actuando bien o mal, si lo que sentís está bien o mal. Sentís que tenés que actuar de una manera u otra, y como no existe una manera correcta de actuar, no sabés cómo hacerlo. Y lo sentís como una obligación, como una demanda. Te preocupa que él pueda darse cuenta de lo que a vos te pasa.
— Lo leíste muy bien. Creo que sí, que es eso...

— Mai, seguimos la próxima semana. Pero quiero que anotes una frase, que te guardes algo hoy de acá.
— Envíamelo después.
— No, quiero que lo tengas vos.
— ¿Qué escribo?
— Vas a escribir lo que te salga de esto que hablamos...
— No, qué wacho! Me cagaste, Mati.

Me largué a reír y él muy sonriente, victorioso de haber despertado algo. 
Escribí con la letra más desprolija del condado una pequeña instrucción. Las instrucciones me calman, son ilusorias y suponen una seguridad. Si después las sigo o no, no importa; es el efecto inmediato, de hacer que la hoja deje de estar en blanco. Hubiese preferido un disparo antes que me devuelva la relación que tengo con la moral, pero no le puedo negar la razón. Me lee cada vez mejor y eso es lo peor.