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domingo, 12 de noviembre de 2017

Parcialmente inestable

A veces no puedo evitar caer en las canciones tristes, las películas cursis y la necesidad de estar solamente conmigo. Un rato. Capaz un día. Llorar un poco, sin demasiadas ganas y sin razón alguna. Hoy me da paja sonreír. Pero puede que con tus peloduteces me hagas reír. Y no creo en ninguna frase que diga que hay que estar feliz siempre. Por suerte mí gata me aguanta. No pienso usar corpiño y puede que esté en bóxer todo el día. Voy a putear al día que está demasiado lindo y yo tan apagada. Tener ganas de hablar pero a la vez no. Quiero y no quiero. Y hoy no me voy a disculpar por ser tan indecisa. Ni tampoco me choca si te molesta que esté algo retraída. Y sí, cuando estoy así, soy insoportable para mí también. Pero bancame. Y si querés también abrazame un ratito.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Una cucharadita de azúcar


Descubrí que tenemos que hacer todo lo que nos gusta, todo el tiempo que deseemos. Al menos hasta que nos sintamos satisfechos. Nunca te vas a arrepentir del tiempo que inviertas en eso que te gusta. Nunca. La felicidad no se encuentra todos los días y hasta en las situaciones de mierda hay un poco de luz, que te va a ayudar para seguir brillando. No pierdas de vista cualquier cosa/ser/momento que te encante, que te haga seguir adelante, porque ahí está todo lo importante. No sé de qué se trata la vida, pero pienso que el mejor plan mientras que estemos acá será pasarla bien. Algo flashero como pensar que, cuando nacemos somos recibidos a la vida igual que cuando llegamos a un hotel y alguien nos da la bienvenida y nos desea una buena estadía. Eso te deseo, que tengas una buena estadía y disfrutes de ésta cosa rara e inentendible que es la vida! 

martes, 7 de noviembre de 2017

A poem II

"Leíamos, 
Leíamos en silencio...
De los recuerdos mas hermosos, no evoco palabras, sino silencios.
Abrazarnos forma un breve silencio.
Mirarnos crea un próspero silencio.
Dormir juntos es un eterno silencio.

Todos ellos no son sólo silencios, son nuestro silencio, eterno y compartido."


- Sebastián Falcone


domingo, 5 de noviembre de 2017

Claramente noviembre

Noviembre sos vos. Noviembre es mí inestabilidad. Noviembre es el sol en la cara. Noviembre es negación y aceptación. Noviembre es todo lo odiable. Noviembre es 4. Noviembre es decidir. Noviembre obliga. Noviembre prohíbe suicidarse en primavera. Noviembre sos vos esperando mensajes de amor que nunca llegan. Noviembre es manija. Noviembre es gimnasios llenos. Noviembre significa amaneceres para los que madrugan. Noviembre excita. Noviembre es el jueves del año. Noviembre es Amor Amarillo. Noviembre es despedidas. Noviembre es Buenos Aires teñida de lila. Noviembre es vida sana y otros versos. Noviembre es egresados susceptibles. Noviembre es la camperita que llevas por las dudas. Noviembre es desear que algo te libre de las penas. Noviembre es las 11 de las horas. Noviembre es vendedores manijas con los adornos navideños. Noviembre es querer que el tiempo se frene cuando nuestras miradas se chocan. Noviembre es plazas ruidosas recobrando vida. Noviembre tiene algo. ¿Qué tendrá guardado éste noviembre? 

lunes, 9 de octubre de 2017

El amor en los tiempos del cólera

El doctor Juvenal Urbino la sintió deslizarse junto a él como un animalito azorado, tratando de quedar lo más lejos posible en una litera donde era difícil estar dos sin tocarse. Le cogió la mano, fría y crispada de terror, le entrelazó los dedos, y casi con un susurro empezó a contarle sus recuerdos de otros viajes de mar. Ella estaba tensa otra vez, porque al volver a la cama se dio cuenta de que él se había desnudado por completo mientras ella estaba en el baño, y esto le revivió el terror del paso siguiente. Pero el paso siguiente demoró varias horas, pues el doctor Urbino siguió hablando muy despacio, mientras se iba apoderando milímetro a milímetro de la confianza de su cuerpo. Le habló de París, del amor en París, de los enamorados de París que se besaban en la calle, en el ómnibus, en las terrazas floridas de los cafés abiertos al aliento de fuego y los acordeones lánguidos del verano, y hacían el amor de pie en los muelles del Sena sin que nadie los molestara. Mientras hablaba en las sombras, le acarició la curva del cuello con la yema de los dedos, le acarició las pelusas de seda de los brazos, el vientre evasivo, y cuando sintió que la tensión había cedido hizo un primer intento por levantarle el camisón de dormir, pero ella se lo impidió con un impulso típico de su carácter. Dijo: “Yo lo sé hacer sola”. Se lo quitó, en efecto, y luego se quedó tan inmóvil, que el doctor Urbino hubiera creído que ya no estaba ahí, de no haber sido por la resolana de su cuerpo en las tinieblas.
Al cabo de un rato volvió a agarrarle la mano, y entonces la sintió tibia y suelta, pero húmeda todavía de un rocío tierno. Permanecieron otro rato callados e inmóviles, él acechando la ocasión para el paso siguiente, y ella esperándolo sin saber por dónde, mientras la oscuridad iba ensanchándose con su respiración cada vez más intensa. Él la soltó de pronto y dio el salto en el vacío: se humedeció en la lengua la yema del cordial y le tocó apenas el pezón desprevenido y ella sintió una descarga de muerte, como si le hubiera tocado un nervio vivo.
Se alegró de estar a oscuras para que él no le viera el rubor abrasante que la estremeció hasta las raíces del cráneo. “Calma —le dijo él, muy calmado—. No se te olvide que las conozco.” La sintió sonreír, y su voz fue dulce y nueva en las tinieblas.
—Lo recuerdo muy bien —dijo—, y todavía no se me pasa la rabia.
Entonces él supo que habían doblado el cabo de la buena esperanza, y le volvió a coger la mano grande y mullida, y se la cubrió de besitos huérfanos, primero el metacarpo áspero, los largos dedos clarividentes, las uñas diáfanas, y luego el jeroglífico de su destino en la palma sudada. Ella no supo cómo fue que su mano llegó hasta el pecho de él, y tropezó con algo que no pudo descifrar. Él le dijo: “Es un escapulario”. Ella le acarició los vellos del pecho, y luego agarró el matorral completo con los cinco dedos para arrancarlo de raíz. “Más fuerte”, dijo él. Ella lo intentó, hasta donde sabía que no lo lastimaba, y después fue su mano la que buscó la mano de él perdida en las tinieblas. Pero él no se dejó entrelazar los dedos sino que la agarró por la muñeca y le fue llevando la mano a lo largo de su cuerpo con una fuerza invisible pero muy bien dirigida, hasta que ella sintió el soplo ardiente de un animal en carne viva, sin forma corporal, pero ansioso y enarbolado. Al contrario de lo que él imaginó, incluso al contrario de lo que ella misma hubiera imaginado, no retiró la mano, ni la dejó inerte donde él la puso, sino que se encomendó en cuerpo y alma a la Santísima Virgen, apretó los dientes por miedo de reírse de su propia locura, y empezó a identificar con el tacto al enemigo encabritado, conociendo su tamaño, la fuerza de su vástago, la extensión de sus alas, asustada de su determinación pero compadecida de su soledad, haciéndolo suyo con una curiosidad minuciosa que alguien menos experto que su esposo hubiera confundido con las caricias. Él apeló a sus últimas fuerzas para resistir el vértigo del escrutinio mortal, hasta que ella lo soltó con una gracia infantil, como si lo hubiera tirado en la basura.
—Nunca he podido entender cómo es ese aparato —dijo.
Entonces él se lo explicó en serio con su método magistral, mientras le llevaba la mano por los sitios que mencionaba, y ella se la dejaba llevar con una obediencia de alumna ejemplar. Él sugirió en un momento propicio que todo aquello era más fácil con la luz encendida. iba a encenderla, pero ella le detuvo el brazo, diciendo: “Yo veo mejor con las manos”. En realidad quería encender la luz, pero quería hacerlo ella y sin que nadie se lo ordenara, y así fue. Él la vio entonces en posición fetal, y además cubierta con la sábana, bajo la claridad repentina. Pero la vio agarrar otra vez sin remilgos el animal de su curiosidad, lo volteó al derecho y al revés, lo observó con un interés que ya empezaba a parecer más que científico, y dijo en conclusión: “Cómo será de feo, que es más feo que lo de las mujeres”. Él estuvo de acuerdo, y señaló otros inconvenientes más graves que la fealdad. Dijo: “Es como el hijo mayor, que uno se pasa la vida trabajando para él, sacrificándolo todo por él, y a la hora de la verdad termina haciendo lo que le da la gana”. Ella siguió examinándolo, preguntando para qué servía esto, y para qué servía aquello, y cuando se consideró bien informada lo sopesó con las dos manos, para probarse que ni siquiera por el peso valía la pena, y lo dejó caer con un esguince de menosprecio.
—Además, creo que le sobran demasiadas cosas —dijo.
El se quedó perplejo. La propuesta original para su tesis de grado había sido esa: la conveniencia de simplificar el organismo humano. Le parecía anticuado, con muchas funciones inútiles o repetidas que fueron imprescindibles para otras edades del género humano, pero no para la nuestra. Sí: podía ser más simple y por lo mismo menos vulnerable. Concluyó: “Es algo que sólo puede hacer Dios, por supuesto, pero de todos modos sería bueno dejarlo establecido en términos teóricos”. Ella se rió divertida, de un modo tan natural, que él aprovechó la ocasión para abrazarla y le dio el primer beso en la boca. Ella le correspondió, y él siguió dándole besos muy suaves en las mejillas, en la nariz, en los párpados, mientras deslizaba la mano por debajo de la sábana, y le acarició el pubis redondo y lacio: un pubis de japonesa. Ella no le apartó la mano, pero mantuvo la suya en estado de alerta, por si él avanzaba un paso más.
—No vamos a seguir con la clase de medicina —dijo.
—No —dijo él—. Esta va a ser de amor.

jueves, 5 de octubre de 2017

A feeling

Saturday night. Decidí llamarte. Dijiste que mejor era vernos el domingo, "por si vos llorás". Tenés razón, cómo me conocés. Sabés que pienso que los sábados no son para llorar; son demasiado lindos. Nos encontramos en tu casa. Perdón por llegar tarde, esta no es mí cita preferida. Sé que vas a explicarme de una y mil formas que esto no da para más. Sé que esto no da para más. Me decís tantas palabras para terminar sin ninguna oración que suavice el hecho de romperme el corazón. Ni un abrazo me das. Sabés que voy a llorar. Me abrís la puerta, y sin mirar, me dejás. Afuera llueve. ¿Te acordás cuando nos conocimos?. Llovía. Pero hoy vos no venís conmigo. Y es domingo. Esa mala costumbre llamada domingo.

domingo, 1 de octubre de 2017

A poem

FUGAZ, PASAJERO, EFÍMERO

Promesas que nos hicimos,
pero que desde ese último beso,
ambos sabíamos que nunca se cumplirían.
Y al verte ese día,
abriendo esa puerta lo supe,
algo había cambiado...
Oh cielo, como si no te conociese un poquito.

Y no fue la rotura de esas promesas el ancla que se aferra a mi ser,
es el no poder abrazarte como antes,
el no poder besar tus mejillas,
el no dormir más juntos...

¿Por qué me ves distinto?
Yo no cambié,
pero ya no confías,
eso siento y es esta bendición de nunca equivocarme 
en estos sentimientos lo que hoy me maldice.

No lloré,
no estoy triste,
no estoy nada,
sólo estoy y tú ya no...
¿Adiós? ¿Hola? Vuelve...


- Sebastián Falcone