Qué paciencia me tiene este ser humano que me escucha mientras intento traducir cómo me siento. Mientras digo o sea más veces que Milei, me caigo de mis propias oraciones, recito una letra de Cerati después de descubrir que describe exactamente lo que quiero decir. Le pregunto si alguna vez estuvo en un lago mientras llovía y sintió el agua tibia (para responder cómo fue mi semana). Me voy de tema 82 veces, me pierdo en un detalle que no iba al caso, me repito y reduzco la velocidad antes de tocar temas sensibles porque no quiero llorar.
En terapia interpreto más papeles que en teatro y todavía no entiendo cómo funciona, cómo hace para que termine hablando de la mitad de las cosas que no quiero hablar. Debe ser porque me molesta más que me esté mirando en silencio con una firmeza que ni Freud tenía. Al menos ya no me hace sonidos para que hable. Qué terapia extraña pensaba yo al principio, pero volví una y otra vez, aún sabiendo que todo consistiría en eso: palabras, palabras que mueven hilos.
Todo el palabrerío que no llevé el viernes lo llevé hoy. Primero, admití que la semana pasada había estado escapista, después, tiré las cartas sobre la mesa para que las ordenemos juntos. Había mucho por decir. Estuve varios días esquivándome, escondiéndome en distracciones y en cosas de poco interés real. Hasta que las emociones me encontraron y me desarmé. Fue el lunes mientras escuchaba música, el telón empezó a caer mucho antes, la noche anterior en el recital de la banda de mi vida y durante una llamada especial, pero todavía no lo había sentido. Hasta que de un minuto al otro, cayó del todo y caí con él. El cuerpo cedió, las lágrimas fluyeron, y en ese acto que fue como abrir una canilla, llegó con la madrugada el alivio que hace tiempo buscaba la cabeza. ¿Por qué había hecho tanto esfuerzo en irme?
Le conté a Mati sobre la economía de las lágrimas: cuando lloro y trato de reunir distintos motivos para aprovechar el momento. Le pareció gracioso.
Uno de los temas que evito tocar es el sur, siempre está pero nunca entro en profundidad. Mati suele decir: Tenemos que hablar del sur. Hoy, que todos los pronósticos emocionales amenazaban, lo tocamos. El nudo estaba ahí, en lo familiar, en mi rechazo activo de no querer saber nada.
— Hay algo de lo que no querés saber nada, pero no es nada de nada, es una nada en particular. ¿Entendés?
Me preguntó de qué había hablado con mi abuelo, le conté. "Te extrañan, quieren verte...". Y pasamos a intentar develar el laberinto de por qué no quiero ir al sur (todavía).
— Noto el reflejo del paso del tiempo en mis abuelos.
— Y SÍ. Pero es algo que tenés que aceptar.
— Lo acepto, esa parte está más o menos manejada.
Le dije que no quería ir por las cosas que habían pasado entre mis abuelos los últimos meses y fue cómico porque se puso a pasar las hojas tratando de encontrar qué había pasado. Mientras yo evaluaba que quizás esa era la superficie y el motivo era otro. Papá.
— No quiero verlo.
— Ya sé que no querés verlo.
Mirándome serio me preguntó:
— ¿Lo sabés? ¿Sabés qué es lo que sentís?
— (...) Está bien si no querés verlo, pero no es sólo que no querés verlo; estás organizando toda tu vida en torno a este tema. No es sólo un rechazo, algo que aceptas y ya está, tenés un rechazo activo y te está consumiendo energía y paz.
Nadie te exige tanto... Nadie te exige tanto...
— ¿Realmente estoy organizando toda mi vida, o sólo estoy organizando unas vacaciones?
— ¿Qué pensás vos?
— ¿Y tu mamá? ¿Se da cuenta de lo que pasa entre ustedes?
— Sí. Y le molesta, lógico, porque siempre está de intermediaria. Me dice 'ustedes no hablan'.
— Y es verdad, no hablan.
— Sí, eso no se lo discuto.
— No quiero que él sienta o piense que cambió algo desde el último verano que nos vimos.
— Ahí ya estás hablando de otro cuidado (...) Vos vivís pensando si estás actuando bien o mal, si lo que sentís está bien o mal. Sentís que tenés que actuar de una manera u otra, y como no existe una manera correcta de actuar, no sabés cómo hacerlo. Y lo sentís como una obligación, como una demanda. Te preocupa que él pueda darse cuenta de lo que a vos te pasa.
— Lo leíste muy bien. Creo que sí, que es eso...
— Mai, seguimos la próxima semana. Pero quiero que anotes una frase, que te guardes algo hoy de acá.
— Envíamelo después.
— No, quiero que lo tengas vos.
— ¿Qué escribo?
— Vas a escribir lo que te salga de esto que hablamos...
— No, qué wacho! Me cagaste, Mati.
Me largué a reír y él muy sonriente, victorioso de haber despertado algo.
Escribí con la letra más desprolija del condado una pequeña instrucción. Las instrucciones me calman, son ilusorias y suponen una seguridad. Si después las sigo o no, no importa; es el efecto inmediato, de hacer que la hoja deje de estar en blanco. Hubiese preferido un disparo antes que me devuelva la relación que tengo con la moral, pero no le puedo negar la razón. Me lee cada vez mejor y eso es lo peor.
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