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viernes, 17 de febrero de 2023

Ahí vamos


Soñé un eterno atardecer 
que terminó en tus ojos 

Febrero 2023, Buenos Aires 

Este año me tiene despierta. Y aunque son las 3 y yo tendría que dormir, quiero escribir. 

No sé si empezar por el sur, por el verano, por las influencias de la primavera pasada, la guerra iniciada una tarde contra mi vecina, o dejar como siempre, que las palabras se escriban una tras otra sin querer...

No soy de tener certezas, siempre es al revés, es tanto lo que no entiendo, lo que desconozco, que no puedo dar nada por hecho. Pero hay algo ante lo que sí cedo: los sentimientos vagabundos de paz y de confianza. 

La paz no es tan fácil como yo la pensaba, estaba acostumbrada a que esté a mi alcance, a ser visitante frecuente, hasta que no supe dónde la había dejado y esa pérdida duró muchas noches. Un día apareció, como un aire fresco después de un invierno maremoto. 
Una combinación de decisiones, cambios necesarios, una primavera llena de ventanas abiertas y cielos azules, y la paz volvió a estar cerquita... Y la reconocí porque en esencia, todo seguía siendo un bardo, pero yo me sentía bien y no deseaba estar en ningún otro lugar. Estar bien (realmente bien) tiene una desfachatez hermosa, una desprolijidad del espíritu, es como andar con un paraguas que te protege contra casi todo lo malo. Es el andar por las nubes de los enamorados y la inconsciencia de los jóvenes.
Creo que eso fue lo más importante que aprendí el año pasado: en cualquier momento, en cualquier lugar, hay cosas que tengo que cuidar siempre e incluso, antes que todo lo demás.

Las novedades siguen y este suena como un verano nuevo, fresco, siento que estoy aprendiendo y cambiando mucho más de lo que alcanzo a observar o de lo que quisiera contar.
Hay algo mágico que ocurre en algunos momentos del día; una sensación de confianza, de satisfacción, de estar a mano con las horas.

Yo siempre quiero salir corriendo, de casi todas las escenas, aunque muestre valentía, miro de reojo las puertas. Siempre intento buscar más posibilidades y trato de no quedarme en la superficie, de dejar, quizás, suficiente espacio para un acto de fuga o de rescate. 
Suele molestarme la idea de que la vida no esté terminada, en el sentido de que no exista un "bien" profundo y extenso en el cual quedarnos para siempre, como trazar un punto final en un instante feliz. Pero cada vez, intento conocer y aceptar un poco más la variedad que tiene la vida, las vueltas de esta montaña rusa. Y extrañamente, cuando logro quedarme con esto, con lo blanco negro y gris, me relajo más, me rindo a la idea y me dejo llevar.

Cuando era chica, me gustaba el agua y me daba miedo en partes iguales, aprendí a nadar y el miedo a ahogarme seguía ahí. Siempre había peleado contra el agua con el fin de ganar, pero el miedo me atrapaba cuando llegaba a la mitad de la pileta y todavía me faltaba la otra mitad. El miedo no me dejaba parar en esa mitad. Y una mañana, me dejé perder. Me hundí sin hacer fuerza en una pileta llena de agua, dejando al miedo en un natatorio vacío de invierno. Y supe en ese momento algo que me iba a llevar para siempre: la confianza es como dejar que tu cuerpo se hunda sin saber si vas a flotar, y a veces, está bueno dejarse llevar. 
No tenés que pelear, no tenés que sacar ni poner cosas, no hay algo que no sepas que debas saber: confiá y dejate llevar. Todavía me funciona. 

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