31 de enero, 22.
Empezamos el año bailando. Con la estupidez y los calores, prometí enviar cartas como si estuviesemos en los 80. Con fiebre soy una romántica, y también una mentirosa. Volví a mirar 500 Days of Summer y Esperando la carroza. Después de unos días divertidos, apareció cierto aburrimiento y no le cerré la puerta, hace mucho que no me aburría y lo veía necesario, como esos padres que dicen que los chicos cuando son chicos se tienen que aburrir un poco porque en esos momentos nace la creatividad. Saqué la música, las palabras, la comunicación y la posibilidad de escapar y me quedé tirada en el piso mirando el techo mientras la noche hacía lo suyo y la desolación otro poco. Ok, capaz mandé algún mensaje, pero sólo para decir por qué el silencio es tan extraño. Pasada la angustia —porque no hay vacío sin pena digna de un papel actoral— llegó el optimismo preguntándome qué voy a hacer conmigo. No sé qué respuestas me dí, pero valoro los olvidos que da la fiebre que nos evita encontrarnos dos veces con nuestra propia estupidez.
Y como eso fue a mitad de mes y después enero tuvo 48 días más, tuve el tiempo suficiente para responder, esta vez con un poco más de coherencia, esa pregunta y otras que fueron apareciendo. Enero tuvo la intensidad que un año entero puede tener. Hasta tuve tiempo de gustar de alguien y después dejar de gustar porque tanto no me gustaba.
No sé qué vamos a hacer y qué va a pasar el resto del año, pero estoy expectante de saberlo y de vivirlo. Eso es lo que me gusta de enero, que es como estar a punto de algo, la víspera continúa incluso después de diciembre. La celebración de lo que se aproxima, el verano parlante y la aventura de seguir buscando con fé de alguna vez encontrar, aunque nunca se vaya a perder esa linda utopía de que no exista realmente una línea de llegada y que eso sea lo que nos anime a seguir cada vez.
Y como todavía es temprano, FELIZ VERANO. Con todo lo que eso significa.


