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lunes, 27 de mayo de 2024

Y quemé las cortinas

Veo los agujeros del techo, tomo matecitos, postergo las últimas horas de estudio antes del parcial; la noche acontece y la vida es esto, este momento, esta porción de caos divertido y poco estético (vuelvo a mirar los agujeros).

Mañana rindo pensamiento científico y biología. La vida estudiantil todavía no me absorbió: pensamiento la empecé a preparar hace unas horas, después de pasar dos horas en un café charlando por teléfono con mamá. Me tengo confianza y además, supuse que esta cantidad —quizás exagerada— de recreos no iba a trastocar demasiado los resultados.

Biología, en cambio, es como agarrar agua: se me escapa de las manos. Y faltando menos de 24 horas para rendir, todavía no sé cómo estudiarla. Por eso a cada persona que me crucé hoy le pedí que prenda velitas, sahumerios, puchos, lo que sea; acá lo que importa es la fe. Y es gracioso y hermoso, como se prende este equipo de personas, deseándome suerte y bancando los trapos, preguntándome cuándo rindo, qué rindo.

Hoy pensaba, ¿cuántas de las cosas que les contamos a los demás les interesan solo porque vienen y tienen que ver con nosotros? ¿Por qué escucharías hablar a alguien de ajedrez o de cómo descubrió tal o cual cosa, si no es por amor?

El amor, con suerte, nos libra de caer una y otra vez sobre nosotros mismos, nos saca del ensimismamiento.

El amor es un acto de presencia. 
Es una pregunta: ¿estás ahí? Es una respuesta: estoy acá. Pienso en el "¿hola?" que se formula en la llamada telefónica y la respuesta "acá estoy", que anula la angustia y el silencio.

lunes, 20 de mayo de 2024

Influencia

La vida se cuela por cada callecita, por cada bondi que concluye en mañanas, en amaneceres gélidos de invierno. Soy feliz en este momento, aunque me queje, aunque diga estupideces y caiga con frecuencia en lugares darkies, desconocidos y familiares a la vez. Me gusta el caos que me está ofreciendo la vida, las personas que me rodean, que son como un equipo, una hinchada que no me deja sola en ninguna. En el último año, descubrí que me encanta volver colectivos los actos que bien podrían ser solitarios. Compartir, buscar apoyo en el otro, sentir que mi oración termina y comienza otra en otra boca. 

Nunca me sentí tan acompañada como ahora, ni tan Mai. Qué loco que acercarme más a mí me haya acercado más a otros.

Siento que nunca puse tan en juego la vida como en este momento. Me estoy replanteando ideas que edificaron mi vida durante la mitad de mi vida, y no sé qué hay a la vuelta, qué me espera si las dejo ir, si le quito el disfraz que le puse a la vida. ¿Qué habrá? ¿con qué me encontraré? tengo más miedo del que puedo expresar, pero no estoy sola en este laberinto. Hace unos días, cuando pregunté qué hay detrás de una idea que parecía firme pero que ahora tambalea, y que siento que si se cae, caigo con ella, Mati me respondió: algo mejor. ¿Qué es eso mejor? Si esa idea, aunque sea un delirio, me salvó. 

Hay un largo recorrido a la vista, eso lo sé, y es la primera vez que lo estoy diciendo en voz alta: un recorrido a la vista... Un futuro.

viernes, 1 de marzo de 2024

 Nunca imaginé que alguna vez iba a volver al pasado de esta manera, como trazando un mapa, siguiendo los pasos que hice, tratando de encontrar los puntos que fallaron, lo que no funcionó y también lo que sí. 

Estar en análisis es como darle otra oportunidad, otra atención a mi yo de antes de ayer. Y quizás, eso era lo que buscaba. Una atención en forma de pistas de Blue. 

La sesión de hoy fue intensa. 
Me doy cuenta que estoy en automático cuando Mati me pregunta cómo estoy y, claro, nunca respondo todo bien; eso es muy cotidiano, muy de afuera. Pero hoy sí, un desliz, todo bien, ¿vos? 
Me mira, hace una pausa y se arregla con bien. Hace silencio y me mira divertido. Últimamente hace silencio al principio, dejándome lugar a que empiece, pero yo nunca sé qué carta tirar. Procede: ¿qué tal la semana? 
Más o menos, no mal mal mal, pero... 

— Estuve ausente éstos días. Y ayer sentí mucha incomodidad, muchas ganas de desaparecer.
— Incomodidad con el cuerpo? 
— Sí
— Y ahora, cómo estás? Estás incómoda?
— Sí, más o menos. 
— Y cómo sabés que estás incómoda?

— Cómo sentís el cuerpo? ¿Es un cuerpo que duele, pica, sangra...?

Me explayo con placer intentando explicar lo que siento cuando siento ganas de desaparecer. La sesión recién empieza y yo ya hice silencio 89 veces, Mati me mira y orquesta los silencios invitándome a seguir. ¿Cuántos mjm musicalizará por día? 

El deseo de desaparecer es utópico, aclaro, no puede uno irse ni dejar el cuerpo. La incomodidad es como sentir que el cuerpo es un extra, algo que me quiero sacar de encima. 

— ...Depende de cómo esté la relación conmigo misma
— Pero el vos misma incluye también a tu cuerpo!

— Estas ganas de desaparecer me parece que en realidad son ganas de estar mejor (...) En los momentos en los que estás bien, cuando haces natación, no tenés ganas de desaparecer... Tenés que hacer cosas que te hagan sentir el cuerpo, darle otros usos.
— Por ejemplo?
— Natación es un buen ejemplo, en el agua sentís el cuerpo de otra manera... 
— Hoy pensaba en eso, cuando terminé de entrenar pensé hago muchas cosas mal, muchas cosas en contra mío; pero hay algo que hago bien, el movimiento, es lo único que la mente y el cuerpo me piden al mismo tiempo. 

Me habla de aceptar el cuerpo que tengo y pienso en una canción de Charly que conocí por él (ey, vos! bancate ese defecto). 

Hace una lectura que me interesa, une las ganas de sacarme el cuerpo con lo que le hago en contra, como para contrarrestar el impedimento real de huir. Y dice, como muchas veces: este vaciar, llenar, vaciar, llenar... 
Habla, habla, habla. Trato de escucharlo profundamente. Estoy practicando el tema de la atención cuando escucho a alguien. A Mati me gusta escucharlo porque me gusta las palabras que usa, capturo su manera, su idioma. 

— Te voy a preguntar algo que no hemos hablado, todo ésto tiene que ver con el erotismo, con la sexualidad, con el sexo?
— En qué sentido?
— De cualquier manera
— Sí, alcanza varios temas. En los momentos que siento incomodidad, no me gusta el contacto físico con otros 
— Ahhhh

Con la compilación de sensaciones extravagantes que declaré, pensé que me iba a decir drogas, pero dijo erotismo.  
Confieso que tenía miedo de empezar a hablar más y que se eche atrás, pero más allá de amenazarme con derivarme —como forma de ponerme un límite— no llegó. Y mis ausencias ya no le asustan, así que ahora sí, es mi analista. 

De la sesión de la semana pasada me llevé una frase y hoy la solté en forma de pregunta: no tuve éxito. Mati da 120 vueltas antes de responder una pregunta o responde con silencio esperando que el efecto espejo me haga hablar. No happens. Lo llené de preguntas igual, no es tan paciente con el silencio, ya lo descubrí, me corta o responde. 

— Por qué desborda un cuerpo? 
— Qué querés decir con desbordar? 
— Que va más allá del límite 
— ...

— Qué te pareció Un cuerpo al fin?! 
— Me encanta. De ahí viene mi pregunta. Ahora estoy con la parte en la que elogia al síntoma. 
— Qué es lo que te gusta? Qué te preguntas?
— Tengo una pregunta, no, dos preguntas. ¿Por qué un síntoma y no otro? ¿El síntoma siempre es agresivo?
— .... Hay síntomas más o menos agresivos, con uno o con otros (...) Hay personas que conviven con su síntoma toda la vida, como forma de inhibición o de fobia, son personas que tienen mucho respeto por la vida 
— Cómo mucho respeto? 
— Tienen mucho miedo por la vida 

Interrumpe mi hilo de interrogaciones con una pregunta que me sorprende y me resulta familiar a la vez.

— Qué buscas?
— Capaz un poco de calma, aunque la pierdo más de lo que la encuentro
— Ajá 

Mi respuesta le es indiferente y cambia de tema. Los dos sabemos que respondí por responder. 

Hablamos del síntoma como si fuese un primo en común, hasta que lleva el tema hacia mí, como un conductor. Y empieza a hablar de ayunos. 

— Y me decías que todo ésto empezó cuando tenías 10, 11 años 
— Sí, me costó pasar de la niñez a la adolescencia. No me resultó natural, me resultó chocante. Estaba negada. 
— Es un momento de muchos cambios en el cuerpo 

— Me acuerdo que no quería saber nada con la menstruación. La primera vez que menstrué tenía 12 años, o sea la edad estaba re bien, fue a la mañana y lo conté recién a la noche, la negación total.
— ¿Por qué no querías menstruar? ¿Ya sabías lo que era? ¿Tenías información?
— Sí, tenía toda la información. Pero yo no quería saber nada. Encima fue en reyes magos (?) 

El comentario de los reyes magos queda perdido en el aire, Mati es judío. Agrega que la menstruación significa pasar a ser mujer, lo pienso y disiento. Pero lo voy a tener en cuenta.

Mati agarra la menstruación como tema central y a mí, no sé por qué, me gusta hablar del tema. Y empiezo a recordar. 

— En un momento perdí la menstruación, no menstrué por meses, comía muy poco. No hacía ayunos pero sí restringía mucho. 
— Cuándo fue eso?
— El primer año en Buenos Aires
— Tuvo que ver el irte del sur la incomodidad con tu cuerpo? 
— No, de hecho en ese momento me sentía bien. Estaba acostumbrada, lo tenía naturalizado. 

En ese momento, perder la menstruación fue el primer quiebre, y el segundo lo recordé después.

— Fui a la nutricionista, fue la peor consulta médica que tuve, tenía cero tacto. Se asustó en frente mío y cuando me estaba dando el próximo turno me dijo: quiero verte la próxima vez, sino voy a tener que ir a buscarte abajo de la tierra. 
— NOOOO
— Siii, proyectó mi muerte futura. Y yo tiendo a ser literal y me imagino todo muy rápido... Volví la segunda vez
— Mmm
— Y sí, me asusté. 

— Vamos a dejar por acá hoy
— Bueno
— Vamos a construir bordes 
— ¿Cómo bordes?
— Límites

La dinámica en terapia a veces es graciosa porque Mati habla habla habla y yo le pregunto, él responde y seguimos así hasta que se da cuenta y se queda en silencio. Un análisis debe tener momentos divertidos. 







domingo, 17 de diciembre de 2023

Tormentita cachivachera

 Domingo 3:30 AM.  

Me desperté y ahora doy vueltas, prendo el ventilador y me tiro en el piso. El departamento tiene el desorden lógico de un fin de semana, pero está limpio. Mis pensamientos recorren distancias que a veces no logro acompañar en un compás, y los suelto de a bocados en lugares, en personas, en mí.

Me gustaría poder traducir mejor lo que siento, pero el lenguaje no siempre logra satisfacernos. (Quizás haya que aprender a intentarlo más de una vez). Cuando cierro una idea y quedo fascinada con el resultado, interiormente me autofelicito. Nunca me pareció fácil unir una palabra con otra hasta hacer un hilo que tenga sentido y además diga lo que quiero decir y un poco más; eso que el interlocutor escucha con voz de seguridad pero que no estaba en mis planes.

Me gustan las sorpresas, incluso cuando son propias. No quiero nunca dejar de abrir esas puertas. Me gusta hablar sin pensar, sin hacer la tarea maniática de modificar y editar oraciones en el aire. Para hablar sin pensar es necesaria la confianza; sin ella, las palabras se asustan y no salen, o lo hacen de una manera forzada, como rehenes en una toma.

Para hablar y que guste, hace falta inteligencia, creatividad y rapidez. Puedo atestiguar que cualquier persona que tenga dentro suyo esos ingredientes puede seducir a quien quiera. Al parecer, cuando se trata de lenguaje, los rehenes en realidad somos nosotros.

“Lo que te digo nunca es lo que te digo sino otra cosa” (Clarice Lispector). El lenguaje es la puerta al detrás de escena, la luz que reafirma los laberintos y llama a la duda. Si aceptamos su invitación, quizás descubramos qué hay detrás, que se juega allí donde las palabras, en un principio, nos engañan. 

domingo, 3 de diciembre de 2023

Dejar que baje el agua

¿Quién dijo que del amor no se puede vivir?
¿Quién pudo haber dicho algo así?

3 de diciembre, 23. Buenos Aires 

No sé si se trata de volver, pero siento que tengo que recuperar algo, algo que perdí muchos meses atrás y que, incluso cuando creí haberlo encontrado, era en realidad un engaño a la luz del sol.

Mi vida está llena de olvidos cotidianos que no me causan mayor preocupación. Podría remediarlos si anotara más las cosas pendientes y si me gustara menos atentar y jugar a ir recordando en el transcurrir del día.

Pero hay un olvido que sí me roza. Me da miedo esta facilidad con la que uno puede ir dejándose casi sin darse cuenta, un paso y después otro, una sonrisa acá que no fue sincera, una frase modesta, un disfraz que al principio incómoda pero después ya no. ¿Quién soy? No quiero responder esa pregunta. Quiero saberme alegre, liviana, sincera, con las emociones a flor de piel, con los pensamientos en mi equipo y no en contra. Quiero saber que camino en dirección al sol y que al pasar por una esquina todavía no olvidé esa vieja costumbre de pedir un deseo al aire, porque lo que importa detrás de ese acto es creer, seguir confiando.

Quiero no volver a confundirme en el barullo, que los problemas vuelvan a tener el peso que tienen y no generar mayor distracción de la que merecen. Quiero encontrar a Mai en el espejo y sentir que no me perdí, que estoy acá, conmigo.

Hay sueños en los que me despierto adentro del sueño, sueños que me dan paz y esa paz me acompaña a lo largo del día como una música que sólo yo puedo escuchar. Hoy me desperté porque soñé que llovía adentro del depto. Entredormida escuché el sonido de la lluvia y pude sentir que realmente llovía y la cama estaba húmeda, las paredes también. Miré el celular: eran las 8 am, lluvias suaves. Cerré los ojos, soñé que le preguntaba al encargado del edificio si sabía algo del depto de arriba, porque acá llovía y supuse que el problema venía de ahí. Prendí la luz, dejó de llover y no entendí. El encargado me respondió: "si prendes la luz, deja de llover, si estás en movimiento, deja de llover...". Creo que hay sueños que hacen bien.

viernes, 17 de noviembre de 2023

Pasame el matafuegos

Pim, pam, pum, terapia los viernes es muy viernes. Me hace acordar a la última hora en el colegio, cuando ya el piberío no presta atención y el clima es de festejo, alegría y ganas de rajar. Por un tiempo después de terminar el colegio, extrañé ese momento. De vez en cuando, lo vuelvo a encontrar en otros escenarios. 

Mati está tan distraído como yo. Es viernes en todos los trabajos; se infiltra el airecito a fin de semana y todo se vuelve más light. Comentamos el recital de Calamaro, y le digo que Andrés es el ejemplo de separar la obra del artista, y me tira: hay una frase que dice que no conozcas a tus ídolos porque te vas a decepcionar. Le digo que depende el caso y en qué lugar lo hayas puesto. Íntimamente, me acuerdo de una charla con un amigo músico que me recomendó no conocer a los músicos de una banda que ya olvidé. 

Me dice: ¡Solucionaste lo de la nariz! Final feliz, le digo, y se larga a reír cuando le cuento del minuto a minuto en fotos con el médico por whatsapp, mientras yo arreglaba el asunto desde el baño de casa. Mi vida es un recuento de momentos delirantes. 

— Ahora estoy pensando en qué mandarle, es difícil regalarle algo a alguien cuando no lo conoces.
— ¡Un vino! A los médicos se les regala vino.
— La pensé, pero ¿y si no toma alcohol?
— Un buen cuchillo para el asado.
— Era vegetariano, ah re.
— ¡Un queso!
— Es buena un queso. Un vino y un queso.

Se entusiasmó pensando ideas y ahora sé qué le gustaría que le regalen a él. Por lo pronto, encargué un box de quesos y la semana que viene se lo llevo al médico que me salvó un viernes a las 22hs. Toda esta situación me divierte.

Fue una semana larga y pesada, le digo que la somaticé completamente y se me van más detalles de la cuenta quejándome de que todavía no menstrué y cómo se siente no menstruar cuando tenés que menstruar, al final concluyo: ES UNA PAJA. Mati no dice ni mú.

— Desde que empezamos, esta fue la semana que más derrapé.
— ¿Qué hiciste?
— Todo lo que me hace mal.

— Si realmente no lo quisieras ver, ya hubieses encontrado una excusa para no ir al recital.
— ES QUE IGUAL NOS VERÍAMOS LOS OTROS DÍAS.
— SI REALMENTE NO QUISIERAS PONDRÍAS UNA EXCUSA!!!!
— Es que no es tan fácil. 
— ¿No es tan fácil?
— No, además las excusas ya las pensé.

¿Realmente es una sesión si no discutimos? A veces parece la representación de mi superyó. 
Es gracioso que sepa de mi habilidad para inventar excusas porque me obliga a ser sincera cuando quiero cancelar una sesión con él. Esta semana el motivo fue: toca Calamaro. 

Al final, la verdadera secta es el psicoanálisis, o Mati que para reprogramar, me hace presentar los motivos. 
Hay un compromiso misterioso que me llama la atención, yo odio dar explicaciones, presentar motivos, y sin embargo...

— ¿Vos lo querés a tu papá?
— Sé que no lo amo, no sé si lo quiero.
— ¿Y él sentís que te quiere?
— No, llegué a la conclusión de que no me ama... Y en cierta manera saber eso me da tranquilidad...

Me doy cuenta cuando estoy tirando frases casi preestablecidas porque se parece a escribir pensando demasiado en el sentido de la oración. Mati también se da cuenta, pero me la deja pasar, tira preguntas en mis silencios e intenta rescatar algo vanamente, es muy viernes. Juega con una lapicera y hablamos de la angustia como si fuese la vecina de enfrente. Para romper la nube, le digo que tengo una pregunta:

— ¿Vos crees que la angustia tiene movimiento?
— Pregúntamelo de otra manera.
— Claro, si termina en algo, si tiene un fin.
— A ver, decime desde dónde te preguntas eso y te respondo.
— Antes sentía angustia y terminaba ahí, era como más vacía, más incompleta. Ahora siento que tiene movimiento, que aunque en el momento la vivo como algo terrible, termina y me lleva a otra cosa...
— ¿Qué es lo que te mueve?
— Pensamientos que a veces se convierten en acción.
— Ya te respondiste... Ya te respondiste.
— Sí, pero lo que quiero saber es si la angustia naturalmente tiene un fin.
— ¿Un fin de final o un fin de llevar hacia algo?

Mil vueltas después, suelta la explicación; la angustia que, conduciendo a un acto, concluye en el deseo. Lo enlaza con todo el tema familiar y hace un pantallazo general, termina de hablar y se queda en silencio esperando mi respuesta. 

— Ahora estás angustiada y un poco ansiosa por lo que va a pasar, pero no le agregues tanto peso, no podes adelantarte a saber, hay cosas que hay que vivirlas. Muchas de las preguntas que tenés ahora, vas a poder responderlas y a saber por qué las tenés. La angustia que sentís te va a llevar a otra cosa...
— O sea que después de ésto voy a sentir calma?
— Hay que ver cómo se dan las cosas.

Rematé con lo que venía pensando hace un par de semanas y después se convirtió en escritura.

— El viernes a la noche estaba muy angustiada y escribí algo, ¿te lo puedo leer?
— Sí, obvio.

— Es muy fuerte lo que escribiste.
— Siento que parte de esta preocupación no es verdadera...
— Que está ahí para evitar hablar de otras cosas.
— Sí, estoy dudando. Me encanta dudar, pero pensaba, ¿hasta qué punto está bien dudar de lo que digo? Pero si dudo, significa que algo de verdad hay en la duda.
— Vamos a seguir hablando de ésto la próxima semana, es muy... importante.

— La semana que viene no nos veríamos, sería la otra.
— Entonces sería dentro de 2 semanas, ¿qué tenés la semana que viene?
— Todo el encuentro familiar, la verdad no programé nada, estoy rendida.
— Está bien, conectate (?) con eso. Suerte con el encuentro.

No sé si fue haber desmenuzado juntos la situación y en eso perder algo de lo que venía pensando, o habernos reído, pero esta sesión me hizo muy bien.

sábado, 11 de noviembre de 2023

Tentar el abismo

La sesión de ayer me desarmó de principio a fin. Mati no me tiró ningún salvavidas y el vacío se quedó conmigo como un fantasma charlatán. Todavía no entiendo cómo funciona esto: la misma incomodidad me conduce a otra cosa y de los restos de esas sesiones siempre sale algo. La angustia como el principio de la trama.

Mati me pregunta dos veces cómo estoy; sabe cuando estoy mintiendo, incluso antes de que yo lo sepa. Sé que voy a derrapar cuando respondo: bieeen... Ehh... bieeen, ehh, bueno... También sé que la angustia ya estaba ahí desde antes, pero es evidente que en la escena terapéutica se siente libre de ser expresada, como si las máscaras se cayeran. Y aunque la angustia me robe palabras, me desarme hilos y me deje a ratos sin voz; hay un lenguaje que insiste en ser.

Le doy lugar al miedo, no sin antes intentar pisar fuera de él, pero supongo que se me pierde en el tono de voz o las mil pausas que hago, porque se da cuenta y me lo hace saber. Le cuento la situación del día: fui a la dermatóloga por un granuloma que había crecido más de la cuenta (ya podía pagar la mitad del alquiler) y me derivó con un cirujano que me propuso que me saque el piercing y espere 2 semanas para ver cómo reaccionaba el cuerpo. Caso contrario, pequeña cirugía.

—Para mí no se va a ir solo. Y me dijo que si me animaba, que lo raspe para ver qué pasa, pero tampoco soy tan suicida.
—No, Mai, anda a su consultorio y que te lo vea.
—Es que quiere que esperemos.
—Pero si a vos te intranquiliza o te da ansiedad, no esperes.
—Es que él está muy tranquilo.
—Él está tranquilo porque seguramente sabe que no es grave, pero que él esté tranquilo no significa que vos tengas que estarlo.

Le digo a Mati que escribí algo la otra vez, me pregunta si lo quiero leer, y antes de empezar le digo que estoy en desacuerdo con lo que escribí, y que cuando no sé qué hacer en una situación escribo instrucciones. Como Cortázar. Termino de leer, lo veo sonreír y me pregunta: ¿Te saltaste una parte? Es analista y vidente.

—Sí, pero ¿cómo te diste cuenta?
—¿La querés leer?

La leo. Hablamos, hablamos, hablamos. Hablamos de lo que me ahoga en este momento, que hace tiempo es lo mismo. Mati siempre se refiere a esto en términos de energía e insiste en que uso demasiada energía en algo que me hace mal, en vez de seguir de largo y restarle importancia. Él no entiende y yo tampoco, y así vamos y venimos, me parece gracioso este no saber compartido.

—No sé por qué tengo tanta resistencia de volver a verlo.
—Tenés DEMASIADA resistencia.
—Supongo que es porque no quiero que pase, y a fin de cuentas es inevitable, va a pasar y me intranquiliza.
—¿Y cuando termine? Porque es un instante, un instante que después pasa y ya está.

Le explico que esa idea del tiempo que sucede y deja de ser me produce demasiadas cosas. Racionalmente lo entiendo, pero hay una gran parte de mí que se desarma justo ahí. Pero hay tiempo para hablar del tiempo, vuelvo al tema inicial y me pregunta: 

— ¿Pensás en lo que va a sentir él cuando te vea?
— No, pienso en lo que voy a sentir yo.

Últimamente las emociones me hacen y deshacen sin piedad. La alegría, la pena, la angustia, la belleza, el miedo, todo me inunda como un mar que arrasa. Mi sensibilidad está en éxtasis, mi cabeza no tanto. De noche el silencio me mata y escucho canciones de navidad que también me matan. Dormir me cuesta más que nunca, siento la pérdida de algo que no se pierde porque no se tiene. Y todo se vive así, con una intensidad enorme. Los abrazos de la mañana, las palabras de amor, los encuentros felices, los cielos azules. Todo me atraviesa y me desparrama. Ya perdí lo bueno queriendo perder lo malo, ya descubrí que no hay manera de usar paraguas y no perder también la sensación de estar viva que da caminar bajo la lluvia.

Todavía no entiendo por qué este momento me significa tanto y me gustaría tener un piloto o un salvavidas en forma de palabras tibias. Y capaz sí sé: son muchos cambios, muchas cosas nuevas. Y abrir paso a ello y simplemente seguir, suena ideal, pero a mí me conquista la idea contraria: rendirme, parar, volver a cero. No necesito estar todo el tiempo en esa rueda de movimiento, necesito frenar al final de una esquina, suspirar al ver una flor colgando de un balcón, pedirle un deseo a una vaquita de san antonio y continuar paso sin sentir que hay un lugar al que llegar puntual.

Mati me pregunta si fui a ver a TB a La Plata, le digo que sí y me cuenta que él también fue. Hablamos de la peregrinación biónica y las mil vueltas para entrar al estadio, tiramos números, dice que es el segundo más grande después de River, hablamos de Taylor y la locura hermosa de sus fans.

Le cuento que el lunes a la noche sentía mucha angustia y después soñé con un hombre que, adentrándose en un conflicto, me decía: hay que hacerle frente al conflicto interno. Y el martes cuando me desperté, esa idea me tranquilizó. Y cuando me tranquilizo, llego tarde a todos lados. Me pregunta si llegué tarde al trabajo, le digo que sí, pero que a diferencia de otras veces no me importó. Cambiamos de tema, le cuento que resolví vivir una situación corriéndome de escena, dejando de ser protagonista. Me pregunta qué decía el personaje de mi sueño, y cuando respondo, me sorprendo una vez más de ver los hilos conectándose.

Le cuento que esta semana empecé a buscar trabajo. Sonríe y me dice: hace mucho que querías, capaz por eso estuviste llegando tarde. Le digo que siento que va a ser una búsqueda lenta, porque soy muy selectiva, no tengo cultura de aguante y me quiero ir siempre. ¿Siempre o cuando las cosas se ponen bravas?  Y me cambia el escenario tirándome: capaz en la segunda entrevista encontrás algo que te gusta. Me dice: 40 son muchas. Cuando le cuento del año que me entusiasmé yendo a entrevistas a la par que conocía Buenos Aires. Era divertido, rechazaba todo en cuanto algo no me cerraba. Más de una vez di vueltas alrededor para al final irme sin haber entrado. 

Cuando me quejo de que me cuesta mantener cosas, me pregunta qué logré mantener hasta ahora. 5 años en Buenos Aires, 2 años en un trabajo. Ah, entonces hay cosas que podés mantener. La sesión mantiene un ritmo lento como mi capacidad para armar frases, hago una selección indiscriminada de palabras y me la deja pasar.

Friday night. Un rato después de terapia, me llega un mensaje del cirujano: "Fíjate si te raspas un poco con una gasa si se sale". Y desde el baño de casa, procedo con la intervención, con mensajes y fotos de por medio: ¡SANGRA! No pasa nada, me tranquiliza. Le mando una foto del resultado y festeja: ¡ya estamos 60 por ciento mejor! 

No sé cómo ni por qué, pero vivo encontrándome personas que me ayudan un montón. Ni siquiera me conoce y me dio todas las instrucciones, me salvó de la clínica y me tranquilizó. ¿Cómo pasamos de hablar de honorarios para la cirugía a instrucciones por whatsapp, todo en un mismo día? Ni idea, mi vida es bastante así, las cosas se resuelven a mi alrededor y soy como un gato que cae parado. Siempre hay algo o alguien rescatándome.