Hoy además de desearme suerte y que disfrute el fin de semana, el hombre de los turnos me dijo: "La próxima vení con fe". Si supiera, nos falta prender velitas nomás. La expectativa del examen se tornó general: en el trabajo, entre amigas, en terapia, mamá, los instructores. Todos quieren saber cómo me va.
Y yo que después de chocar (esta vez adelante), pensando que el examinador no me había reconocido, me hice la boluda y él tiró: "Te pasó lo mismo que la otra vez". Me reí y le pregunté: ¿perdí? Y sí. Nunca había entendido el choque contra un camión que tuvo una vez Chano, ahora lo entiendo. Chocar es demasiado fácil.
Esta semana Mati había empezado la sesión preguntándome cómo me había ido, porque me habías contado que ibas a practicar unas horas en Roca con un instructor nuevo. Se lo conté al pasar y lo recordó, ahhhh. Le conté todos los detalles y cayó la pregunta que abrió un efecto dominó de asociaciones:
— Nunca te lo pregunté, no tenés auto, ¿por qué tenías tantas ganas de aprender a manejar?
Y como no hay personaje que zafe de tener aparición en mi análisis, le conté que las ganas habían surgido después de una sesión y que también, una charla con una vecina fue disparadora. Sus palabras habían sido que no sólo iba a aprender a manejar un auto, sino que también aprendería a llevar mejor mi vida. Me tentó comprobar la teoría.
En las clases empecé a notar que en el auto actuaba lo que me pasaba o sentía interiormente, lo reflejaba en las fallas; tan prolijamente que resultaba obvio más que casual. Mati me preguntó en qué otras situaciones encontraba estas representaciones-actings. Cuando me siento ahogada, en la respiración. Cuando me quiero ir de una situación o de un lugar, reconozco que en realidad me quiero ir de mi cuerpo, de la incomodidad del cuerpo. Qué es sentir incomodidad en el cuerpo, preguntó Mati. Es el deseo imposible, le respondí, porque no lo puedo hacer, entonces hago otras cosas.
Y ahí aparecieron los límites, los que no me pongo ni le pongo a otros. Y apareció el agua y la natación. Lo vinculó con mi conexión con el mar y me volvió a preguntar qué significaba el mar para mí. Libertad. Le hablé de la sensación del cuerpo en el agua, de la liviandad, del vacío. De aquello que descubrí una mañana en un natatorio en invierno. Y ahí soltó muy tiernamente: es hermoso lo que estás diciendo Mai.
No niego ni afirmo que después le envié esa anécdota recortada de un post.
Y entre el cuerpo y el deseo imposible, en algún momento llegué al miedo y la parálisis. Le conté la primera vez que sentí fragilidad y no me salió hacer nada: me paralicé. Me escuchó con un poco de no sé qué en la mirada. En un momento dejé de hablar y me tiró a propósito: te paralizaste! Así no hay seriedad que aguante, terminé de contar y consultó: ¿Siempre son hombres? …Vamos a seguir explorando esto...
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